Vito Cipher
por Augusto Melara

Todos somos el villano en la historia de alguien

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"Los mayores crímenes no los cometen los villanos. Los cometen aquellos que se creen justos."

Nos gusta pensar que somos los protagonistas. La brújula moral de nuestro propio universo. Construimos narrativas donde nuestras ofensas son meros “accidentes”, “mecanismos de defensa” o simples consecuencias de circunstancias que escapaban a nuestro control. Sin embargo, no hay ser humano sobre la tierra que no ostente, consciente o inconscientemente, el título de antagonista en la narrativa de alguien más.

El problema central de nuestra época no es que haya personas “malas”. El problema es que casi nadie se cree ser el malo de la historia.

El hombre convencido de su propia virtud

Un individuo verdaderamente malintencionado es predecible: es transaccional, su búsqueda de beneficio a expensas ajenas obedece a leyes lógicas de dominación o interés económico. Puedes anticiparlo y protegerte de él.

Pero el ser humano convencido de su propia superioridad moral y virtud es la máquina narrativa más peligrosa que existe. Porque aquel que jura obrar bajo “el bien mayor” o la justicia absoluta jamás cuestionará sus propios actos de crueldad. Las dictaduras, las cazas de brujas modernas y las micro-traiciones dentro de núcleos sociales jamás se orquestaron desde una maldad descarada; fueron construidas por comités de personas que sentían estar purgando la sociedad.

La presunción de justicia elimina la culpa, y un hombre sin restricciones dictadas por la culpa carece de límites.

La línea no divide naciones

Una y otra vez cometemos el error intelectual de creer que la línea entre el bien y el mal separa a “los nuestros” de “los otros”; la clase política del pueblo llano, ciertas ideologías de aquellas que detestamos, nuestra nación vs los extranjeros.

Aleksandr Solzhenitsyn, tras haber sobrevivido a los campos de trabajo soviéticos, donde experimentó la maldad instituida a nivel industrial, escribió una frase lapidaria que resume esta ilusión: “La línea que separa el bien del mal no pasa entre estados, ni entre clases, ni tampoco entre partidos políticos, sino que atraviesa de un lado a otro el corazón mismo de cada ser humano, y pasa por todas las almas”.

Juzgamos las faltas ajenas usando un código penal implacable, buscando que ardan en la hoguera social, pero al evaluar nuestros peores daños, pedimos ser juzgados por nuestro “contexto” o, peor aún, por las buenas intenciones que secretamente abrigábamos. Todos los días excusamos nuestros pecados con el mismo entusiasmo con el que lapidamos los ajenos.

Confía en quien conoce su oscuridad

Hay una tendencia social terrible de admirar a quienes emanan pureza performática. Los que nunca parecen decir una mala palabra, los que profesan intenciones beatíficas las veinticuatro horas del día. Es a esos, estadísticamente, a los que más debes temer.

No confíes nunca en alguien que presume de bondad inquebrantable, porque si no ha sido capaz de identificar la bestia subyacente que habita en él, es porque jamás se ha enfrentado seriamente a ella.

En cambio, aprenderás a confiar en quien conoce y respeta su propia capacidad para infligir daño; aquel que entiende que bajo las circunstancias correctas puede ser corruptible o cruel, y decide activamente someter ese lado perverso. Esa persona no es “buena” por defecto o por inocencia ingenua; emplea su dominio propio como músculo. Ese es el único vector de confiabilidad real que existe en otro ser humano.

Es momento de desmantelar la ilusión. Todos hemos sido el verdugo disfrazados de juez alguna vez. La clave de la verdadera lucidez moral no está en convencernos de ser inofensivos; sino en entender las garras que todos poseemos y elegir, diariamente, cuándo y por qué nunca desenvainarlas.

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